Y estoy aquí, de vuelta a las horas terminantes. Los lapsos de sueño han caducado. Me he situado en la base de los actos, una vez agotada la razón del tránsito. Retorno a las costumbres arraigadas y debo olvidar por un instante sorpresas de trayectos.
Estoy como si nada. Me andan los pies tan naturalmente que ni me canso. Y la vista, las ideas, las horas. Parece como si no hubiese partido. Como si siempre hubiera habitado en estas calles. No temo a la montaña. El horizonte no me depende ya de ella sino que se me ha entrado profundamente para adentro. Miro adentro y la vista se me pierde, sin obstáculos. ¡Qué segura amplitud he adquirido!
Esto, exactamente esto: la página blanca se presenta en su nitidez para reclamar la acción de mi voluntad. El papel limpio guarda su secreto. Debo violar ese espejo de la idea y extraer el mosto de la novedad que correrá abundante y jugoso. Porque el sol me entrega una mañana apta para el camino. Y el camino se abre.
Se trata, pues, de horizonte adentro. De mirarme porque no necesito el color de afuera.
De marchar por ese amplísimo destino que desconozco: mi propio destino
(de Filoteo Samaniego)
Esta noche no estoy para poesías,
no sé si esto que siento es rabia o es pena,
y en ese trasiego de dudas me encuentro.
Y no encuentro en mi centro el poema,
que hable de una luna nueva
en un cielo infinito repleto de estrellas,
pero tú no te vayas muy lejos,
por si algún día, por si acaso...
...el libre albedrío me tiene cansadísima
(de mi misma)